Dejar de criminalizar la droga, debilita las estructuras del narcotrafico
Hasta ahora la droga se ha tratado como un problema penal, pero es hora de considerarlo un asunto de salud pública, dijo Ignacio Cano, de origen español, y uno de los conocedores más precisos de la realidad latinoamericana, especialmente en lo relacionado con la violencia.
El especialista, quien residió en El Salvador en los años noventa, pero en la actualidad vive y trabaja en Brasil, donde fundó y dirige el Laboratorio de Análisis de la Violencia de la Universidad del Estado de Río de Janeiro, sostuvo que La criminalización de la droga no resuelve el problema, pero sí favorece la violencia y la corrupción.
“En la medida en que vayamos saliendo del paradigma de la criminalización de la droga veremos cómo se debilitan todas las estructuras del narcotráfico”.
En entrevista con el diario español El Pais, Ignacio Cano sostuvo que Latinoamérica es la región más violenta del mundo y la violencia que se ejerce tiene raíces múltiples, entre las que se cuentan las asociadas a la producción, venta y distribución de drogas, como son los casos de Colombia, México y Brasil.
Indicó que hay países como El Salvador, Venezuela, Brasil y Colombia, donde se da una gran incidencia de la violencia interpersonal, la violencia doméstica y los homicidios. Estos homicidios, dijo, también tienen origen diverso, algunos asociados con la producción, venta y distribución de drogas, como en el caso de Colombia, México y Brasil, “donde hay un crimen organizado… No estamos libres de ninguna modalidad”.
El analista español dijo que la violencia tiene raíces históricas y profundas; no surgió con los conflictos políticos, pero cuando éstos terminaron muchos de sus actores quedaron armados, entrenados para matar, pero sin un cometido militar… y muchos de ellos practican hoy la violencia. También existen problemas muy profundos, culturales, y otros asociados con la enorme desigualdad.
Reconoció que en Brasil la situación es un tanto diferente a lo que sucede en Centroamérica. Los grupos violentos están ligados directamente a estructuras criminales y no nacen de organizaciones juveniles; es decir, en Brasil hay menos ambigüedad. Estos grupos dominan territorios y subsisten del tráfico de droga y de pequeños delitos. La respuesta del Estado ha sido muy violenta y, lejos de resolver el problema, lo ha agravado. Las tasas de homicidio son altísimas; el número de muertos por la policía en Río de Janeiro cada año llega a mil. Existen áreas pobres en las que no hay hombres: las mujeres no tienen con quien casarse porque los hombres mueren a causa de la violencia.
Indicó que en un intento por acabar con esta situación, se han asumido medidas que tienen que ver con la educación, pero también existen proyectos comunitarios de distribución de fondos. Son medidas que esperamos que den a los jóvenes la posibilidad de una vida menos violenta.
Por otra parte, hay proyectos para eliminar las desigualdades y esto está mejorando el nivel de vida de los pobres. Todo ello tendrá un gran impacto en la disminución de la violencia.
Explicó que los programas de Mano Dura que se aplicaron en El Salvador durante casi una década fracasaron porque tuvieron un propósito electoral: se sabía que muchas normas eran inconstitucionales. Se basó en la represión policial, sin reinserción social.
Finalmente, apuntó que la relación entre el narcotráfico y el pandillerismo ha llevado a que los narcos paguen con droga en lugar de dinero y esa droga es la que venden las maras en el narcomenudeo. Ese problema se ha dado en la Amazonia brasileña, donde ya comienza a circular la droga por canales por los que habitualmente nunca circuló.


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